LA MEDICALIZACIÓN DEL FRACASO

Por @enriquegavilan

 

Fracaso en la pareja, en el trabajo, en el colegio, en la familia. Problemas de la vida corriente empujados a la consulta del médico.

 

Ernesto y Lucía son una pareja de separados de mediana edad que conciben la vida de forma totalmente opuesta: él, vivaz, quiere sacarle a la vida todo el jugo; ella prefiere la calma, ir pasito a paso. Han llegado a un punto de equilibrio que les permite seguir siendo ellos mismos y al tiempo construir una vida rica en común. Sin embargo, a veces tienen desencuentros, “malas rachas”. En una de esas Ernesto me pide “una ayudita”. “Ya sabes… la pastillita azul”.

Mercedes no aguanta más. Desde que se cambiaron de ciudad su hijo no ha vuelto a ser el mismo. Su rendimiento escolar ha caído en picado, se comporta esquivo, le descubre mentiras y el niño se arrincona silencioso. La gota que colma su paciencia es la llamada de la señorita: Daniel, en una emboscada de sus compañeros de clase, ha empujado a uno de ellos, rompiéndose el brazo. A la semana de comenzar a tomar tranquilizantes para poder sobrellevar los disgustos, el psiquiatra infantil le anuncia que su hijo es hiperactivo, y le ofrece fármacos para controlar sus síntomas. Se siente culpable: “¿en qué momento he fallado? ¿Porqué no me he dado cuenta, porqué no he podido remediarlo?

La segunda vez en mi vida que veía a Aurora era por “un resfriado mal curado” por el que me había consultado la semana anterior. Pero ese no fue el verdadero motivo de su visita. No tardó ni dos minutos en derrumbarse. Entre sollozos me confesó las causas de sus desvelos. Los silencios de su marido, las desconfianzas, los excesos, las ausencias, las sombras, los sueños rotos, la incertidumbre, las dudas. “No quiero medicación, sólo contárselo a alguien”. Yo, un total desconocido para ella, era el único depositario de sus miedos.

“No puedo esperar a mañana”. Antonio irrumpe en mi consulta a última hora de un día aterrador de trabajo. Su novia acaba de anunciarle que no quiere seguir. Mientras me cuenta lo sucedido, su madre le llama al móvil, preocupada, porque no había llegado aún a casa tras salir del instituto. “Tranquila, mamá, que estoy en el médico, no es nada”.

No recuerdo haber visto ni una sola vez tranquila a María. Pero ahora han reducido plantilla en el trabajo, y está desbordada. Para poder hacer las tareas de tres personas debe levantarse a las 5 de la madrugada, y hay días que el cansancio extremo no le permite dormir. “Ojalá existiera la pastilla que me diera la fuerza que por las mañanas necesito y otra que me devolviera la paz que me falta por las noches”.

 

fracaso
Foto: 
Fracaso, por Luciérnaga Ramos.

 

Ernesto y Lucía, Mercedes y su hijo Daniel, Aurora, Antonio y María son víctimas. Pero no del fracaso, sino de su medicalización. Los límites de la medicina y sus posibilidades parecen infinitos. Hemos dejado de creer en dios y lo hemos sustituido por unos señores con corbata y traje que fabrican cápsulas y por otros con bata que los recetan.

Se nos ha enseñado que la única y verdadera ley es la del aquí, del todo y del ahora, que los responsables de los problemas son siempre “los otros” y que mirarse el ombligo es siempre mejor que asumir nuestras limitaciones.

El modelo que se impone es el de la juventud, y todos aspiramos a conservarla eternamente. Cualquier desviación de este patrón de referencia es sospechoso de convertirse en enfermedad. La salud ha dejado de ser un bien personal, y ahora está definida por la autoridad sanitaria; por lo tanto, tememos perderla a cada instante y no somos capaces de disfrutarla cuando la tenemos. Hemos olvidado lo que significa la muerte. Una generación entera ha nacido con la concepción de que sufrir un solo instante es algo intolerable, propio de un pasado en el que “los adelantos” de la ciencia y de la medicina no estaban aún a nuestro alcance. Nos seguimos cayendo porque los obstáculos siguen estando por el camino, pero no aprendimos a no hacernos daño al hacerlo ni cómo levantarnos solos y salir fortalecidos del envite. A la vez, exigimos con firmeza las medidas más contundentes para minimizar los riesgos hasta pretender eliminarlos por completo.

Se han triturado los elementos que dan sentido a la vida y los han convertido en objetos de consumo. La tecnología se nos vende como un don infalible que nos redime de nuestros pecados. La enfermedad no es más que el fracaso de la medicina ante el cual hay culpables que perseguir y castigar.

A todos nos da miedo fracasar. Nos horroriza soportar la idea de que tenemos algo que ver con los problemas que nos salpican, confundidos por una cultura que no entiende que tener responsabilidad no es lo mismo que ser culpable, y que flagelarse o castigar no resuelve los problemas ni sirve para evitarlos. Es más cómodo para todos vivir en la fantasía de que el secreto de la enfermedad reside exclusivamente en unos genes defectuosos susceptibles de ser cambiados o en una alteración en los transmisores neuronales que una cápsula es capaz de solucionar, porque ese cuento nos alivia y da esperanzas.

Sin embargo, a su vez esta concepción, errónea e ingenua, de la vida y de la muerte, de la salud y de la enfermedad, nos vuelve vulnerables, temerosos y dependientes. Nos desarma. Nos deja desprotegidos.

Dicen los expertos que la medicalización es el precio que tenemos que pagar por el desarrollo económico y social sin límites al que hemos aspirado. Y nos está saliendo muy caro…

[Entrada original del mismo autor publicado el 23 de Abril 2013 en Zapatila y Cable].

Antonio.villafaina

Coordinador del Laboratorio de Prácticas Innovadoras en Polimedicación y Salud. Dr. en Farmacia, Especialista en Intervención Social, Farmacéutico Atención Primaria. Viajero, Apasionado, Bloguerillo,

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